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Proteína del futuro: por qué la industria alimentaria apuesta por los insectos

Investigaciones sobre entomofagia ganan espacio ante la crisis alimentaria global y plantean a los insectos como proteína alternativa.

Proteína del futuro: por qué la industria alimentaria apuesta por los insectos
Adrián Cárdenas
Adrián Cárdenas11 de enero de 2026
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La idea de comer insectos dejó de ser una curiosidad antropológica y pasó al debate científico global en 2026, cuando estudios sobre población, clima y alimentos coinciden en una presión creciente sobre el sistema alimentario. Con la población mundial acercándose a los 10.000 millones de habitantes, investigadores advierten que las fuentes tradicionales de proteína enfrentan límites cada vez más visibles. El tema se discute hoy en universidades, agencias regulatorias y foros internacionales.

El interés no surge de una moda, sino de datos acumulados durante más de una década. Insectos como grillos, gusanos de la harina, langostas y ciertas larvas concentran proteínas, grasas y micronutrientes, y ya forman parte de la dieta habitual de más de dos mil millones de personas en Asia, África y América Latina. Lo que cambia ahora es la escala: producir alimento con menos tierra y agua en un contexto de crisis climática.

Del tabú a la evidencia científica

Desde los primeros informes técnicos de organismos internacionales, la entomofagia empezó a ser evaluada como una opción real de seguridad alimentaria. Investigaciones académicas sostienen que los insectos convierten alimento en biomasa con mayor eficiencia que los mamíferos y pueden criarse en espacios reducidos, incluso aprovechando subproductos orgánicos. Para la población, esto se traduce en una posible reducción de costos frente al encarecimiento de la carne.

En Europa, el debate avanzó del laboratorio a la regulación. Evaluaciones de seguridad alimentaria permitieron autorizar determinadas especies y formatos, sobre todo harinas y polvos proteicos, para consumo humano. Estas decisiones marcaron un punto de inflexión: los insectos dejaron de ser una rareza experimental y entraron al marco legal de los alimentos.

Aversión cultural y soluciones invisibles

El principal obstáculo sigue siendo cultural. En gran parte de Occidente, persiste el rechazo a la idea de ingerir insectos enteros, asociados históricamente con suciedad o peligro. La respuesta de la industria fue incorporar proteínas de insectos de forma “invisible” en panes, pastas, barras energéticas y alimentos procesados.

El Reino Unido ilustra esta transición. Tras el Brexit, las autoridades reforzaron las reglas para los llamados “novel foods”, permitiendo solo especies y productos con evaluaciones válidas. El mensaje es claro: si los insectos van a formar parte de la dieta, deberán cumplir los mismos estándares que cualquier alimento industrial.

Riesgos, costos y advertencias

La investigación científica también subraya límites. No todos los sistemas de cría de insectos son automáticamente sostenibles, ya que algunos requieren energía para calefacción o secado. Además, existen riesgos sanitarios y alergénicos que deben ser gestionados con controles estrictos, un punto especialmente enfatizado por centros de evaluación de riesgos en Alemania.

Lo que se sabe hasta ahora es que los insectos pueden complementar la dieta global; lo que falta por confirmar es si podrán escalar sin perder sus ventajas ambientales y económicas. El consenso académico evita hablar de salvación absoluta y prefiere el término “resiliencia”.

Cuando la carne sea un lujo

Proyecciones científicas advierten que, en escenarios de estrés climático y escasez de recursos, la proteína animal tradicional podría volverse más cara y menos accesible. En ese contexto, comer insectos aparece como una alternativa práctica para amortiguar una crisis alimentaria, ya sea de forma directa o como insumo para alimentar peces y aves.

Lo que sigue será una adaptación gradual. Expertos prevén que el cambio no vendrá por imposición, sino por necesidad y hábito, con ingredientes nuevos integrados de manera discreta en la alimentación cotidiana. En un mundo bajo presión, la ciencia plantea que el futuro del plato será diverso, y que mirar al suelo podría dejar de ser una metáfora incómoda para convertirse en una decisión racional.

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